1 nov. 2009

El doorag más grande del mundo

Buceando por la costa cerca de la playa de San Lorenzo, pinchando oricios con mi arpón, descubrí tras un matorral de algas una cueva desconocida. Me intrigó la irregularidad de su perímetro, demasiado simétrico para ser fruto de la erosión. Mi escasa pesca no pudo con la curiosidad del arqueólogo submarino. Me adentré en la cueva. Enseguida alcancé la superficie con dos brazas, una entrada seguramente accesible a secas en marea baja. Descalcé mis aletas y emprendí la exploración a la luz de mi teléfono celular acuático. Rápidamente una vía férrea, ancho como el FEVE, confirmó la humanidad de la cueva. ¿Una mina submarina? La poca luz de la pantalla LCD del teléfono alumbraba a un palmo. Por suerte, el aforo de mi batería presumía de un completo tranquilizador. Anduve un buen rato, contando mis pasos sobre las traviesas antes de parar tetanizado. El lúgubre grito a mis espaldas venía del mar. Quise darme la vuelta. La tenue luz electrónica alumbró un esperpéntico grabado en la pared. Horror, expresión gráfica del terrorífico grito. Imposible dar marcha atrás, allí estaba el terror. Mis piernas, rápidamente cogieron un nuevo ritmo, 2 pasos por 4 traviesas, la polka de la fuga. Siempre que enfocaba las paredes, tétricos dibujos esculpidos intentaban devorar mi retina. Por suerte, llegué al fin del tren fantasma tras una espesa cortina de telarañas. Un nuevo espacio, sótano abandonado, forrado con azulejos blancos y un enorme interruptor de baquelita. ¡Clic! Los fluorescentes de la lavandería se encienden. Por más acogedora que fuese la nueva sala, no inspiraba confianza ni invitaba al descanso. El tamaño de las máquinas, oportuno para un hospital, la cárcel o el cuartel de un ejército desmantelado. Seguí explorando las galerías en busca de la salvadora salida, la curiosidad devorada por el espanto. Una escalera más ancha y por fin, la luz del sol nublado. Reconozco en el enorme patio la Giralda flanqueada por macizo escudo aguileño. Estoy en La Laboral. Obsesionado por el último grito que me persiguió, intento reproducir su sonido con un enorme doorag fabricado con piezas de máquinas encontradas en las entrañas del edificio. Las serigrafías del colectivo marsellés “Le Dernier Cri” ilustran las inquietantes imágenes del túnel que no tenía que haber descubierto. Usted puede experimentar con el instrumento. Quizá le asuste, no será el único ni estará solo. La acústica es perfecta. Arenas Movedizas.